La historia de San Rosendo es antigua, se remonta a la llegada de los españoles a esta zona del Biobío por el año 1593, pero su época dorada, que la convierte en la capital ferroviaria del sur del país comienza a fines del siglo XIX, en el año 1869 con la construcción del ramal Chillán – Talcahuano, pocos años después se construye la conexión ferroviaria con Angol y el puente ferroviario sobre el río Laja, así el pueblo de San Rosendo cambia su aspecto; más construcciones , calles y comercio de todo tipo, aumentando la población de la localidad.
Dado este aumento poblacional, el presidente Carlos Ibáñez del Campo, crea la comuna de San Rosendo, el 30 de diciembre de 1927, dotándola de mayores adelantos en salud y educación, iluminado calles, construyendo un mercado y un teatro municipal. El despegue del pueblo se debió sin lugar a dudas a la inversión de los ferrocarriles del Estado, y la llegada de un importante número trabajadores y sus familias.
Así se constituye el complejo ferroviario, y los edificios más significativos como son la casa de máquinas y la carbonera, una de las más importantes del país y de América del sur, ambas fueron construidas en 1929, esta última tiene capacidad para contener 450 toneladas de carbón. Ambas construcciones se mantienen en pie hoy, pese a su deteriorado estado, esto a causa del abandono, los sismos y el vandalismo.
El ocaso del ferrocarril y por ende del pueblo se vive a fines de los años ’70, principalmente en 1979, cuando se termina el subsidio estatal a la Compañía de Ferrocarriles del Estado, provocando una crisis insalvable para San Rosendo, este vino acompañado del aumento del transporte de pasajeros en buses y del movimiento de carga en camiones destinados al sur del país y a puertos del Biobío, lo que fue en desmedro del tren.
Hoy san Rosendo se levanta y vuelve a crecer, sustentado en la inversión forestal, y en el trabajo de algunos vecinos que se desempeñan en diferentes faenas a lo largo del país, pero manteniendo sus domicilios en la comuna. Nace también el turismo y la producción de vinos de calidad, producto de redescubrimiento de cepas que estaban en el olvido.
Testigo mudo de su gloria ferroviaria, son las construcciones ya mencionadas más algunas locomotoras a carbón que son patrimonio histórico, además, vagones, automotores y restos de implementos ferrocarrileros. Convirtiéndose así en un museo al aire libre, que pide a gritos su rescate y conservación, por ser historia no solo de San Rosendo, sino del país entero.
En síntesis, un pueblo tranquilo, con gente acogedora, digno de ser visitado, para conocer su pasado e historia. Al llegar al pueblo seguro se encontrará con facilidad con algún vecino, ex empleado de ferrocarriles, quien gustoso relatará episodios de los años más importantes ligados a los trenes y por cierto le hablará de la “Carmela”.