A cuatro años de su partida 

Debo reconocer antes de comenzar a escribir estas líneas que con la persona que me las inspira no tuve una mayor cercanía pese a conocerlo desde niño, como muchos de mi época. Me refiero al sacerdote belga de mi pueblo, Félix Eicher Bongartz, quien hace poco cumplió cuatro años de fallecido.

Si lugar a dudas, su nombre es de importancia para los lajinos, por eso esta fecha ha sido de recuerdos hacia su persona, especialmente desde el mundo católico, que lo recordó en diversos actos. La figura del padre Félix estuvo ligada a la historia de la comuna papelera en los últimos 50 años, época del despegue económico y social de la ciudad. Fue nombrado párroco de Laja en agosto de 1961. Fue un sacerdote transversal, dedicado por entero a la comunidad, más allá de la religión que profesaran; su meta era amar a su prójimo y ayudar. Numerosas historias cuentan sus cercanos: de cómo se despojaba de todo, para dar al necesitado, al que no tuviera, fuera ropa, calzado, comida, o un poco de dinero, por cierto, cariño, una palabra de tranquilidad y de fe en Dios. Dicen, por ejemplo, que era el que se sacaba en invierno el abrigo para dárselo al que pasaba frío.

Capítulo aparte es lo vivido por este cura los días y años posteriores al quiebre democrático de 1973, cuando ayudó y defendió a muchos a quienes se perseguía injustamente, por cierto, entregando consuelo a los familiares de quienes fueron muertos por fuerzas policiales, completamente al margen de toda ley, situación que lo acercó más al corazón de muchos.

Mi reencuentro con el padre Félix fue hace pocos años, a mi regreso a Laja y por mi trabajo en la unidad de comunicaciones de una institución pública. Por esto lo veía constantemente, y en esta nueva relación, su figura se acrecentó por sus acciones, remeciéndome principalmente en dos oportunidades que relataré más adelante.

Gestos de agradecimiento de la comunidad se hicieron notar hacia él en forma más masiva a comienzos de la década del 2000, cuando el municipio decide nombrar a una de las calles más céntricas de la ciudad como Félix Eicher. Acto que decir fue resistido en principio por el padre Félix, reflejando así que no le gustaba figurar, sino más bien cumplir su rol sacerdotal, pero de la manera más desapercibida posible. Años después, en 2013, se le rinde un nuevo homenaje por parte del municipio y la comunidad, esto en el marco de la celebración del Día del Patrimonio Cultural, festividad que también permite realizar reconocimientos a personas que en vida sean un aporte para la cultura de los pueblos y el país. Esto me tocó presenciarlo, cómo Laja quiso reconocer y celebrar a este sacerdote de manera muy especial. El padre Félix se había erguido en 50 años como un patrimonio cultural viviente de la comuna, por lo que significaba en términos humanos, sociales, y de entrega. Y pese a no haber nacido en esta tierra, llegando de una zona lejana de Bélgica, pasó a ser un lajino y un chileno más, aunque nunca hablara bien el castellano, como el mismo reconocía.

Es aquella noche de abril, en el homenaje, cuando la energía, sensibilidad, y el sentido real de sus palabras me llegan y remecen, emocionándome, así como a muchas de las casi mil personas que estaban en la ceremonia. El padre Félix, agradeció el gesto con su peculiar hablar, abrazó de manera particular el regalo que le entregó el alcalde: un crucifijo de madera con incrustaciones de plata junto con un rosario. En esos instantes, cuando sostenía con fuerza ese símbolo apegado a su pecho, su mirada era profunda. Había en él una alegría inmensa, una emoción especial que se hacía sentir en sus ojos. Se veía contento, querido y eso lo hacía feliz. Le tomé una secuencia de fotos en unos breves momentos en que él miraba hacia la multitud, era una situación especial, como lo era él. Posteriormente, le consulté por este reconocimiento que se le había entregado, ahí me volvió a remecer cuando me dijo: solo gracias, gracias, y argumenta que

“no puedo dar más porque soy pobre”,

declarándose un hombre común y corriente, no sintiéndose merecedor de homenaje alguno.

En ese año, su salud ya estaba resentida y él no se sentía tranquilo. Su físico ya no era el de antes. Le faltaba energía, situación que lleva a que fuera internado en un hogar de ancianos de Pucón, medida que causa controversia y discusión entre los laicos y representantes de la Iglesia en la comuna y en el arzobispado.

Hasta la sureña comuna donde había sido llevado, viajaban constantemente grupos de lajinos y amigos del sacerdote para verlo y manifestarle su cariño. Meses después, ya en una situación más crítica, es internado en una clínica de Los Ángeles. Una vez estabilizado, pasa a un hogar de ancianos de esa misma ciudad, para después retornar a Laja a las pocas semanas, esto frente al clamor y presión de la comunidad católica y a petición de su familia desde Bélgica.

En Laja residió en una casa particular, donde era cuidado por un equipo médico las 24 horas, recibiendo además el cariño que él tanto apreciaba. Las enfermedades propias de su avanzada edad (88 años) no permitieron su recuperación, partiendo así el 20 de diciembre de 2014 al encuentro del padre celestial.

A la hora de su muerte, cerca de la media noche, las campanas de las iglesias y las sirenas de los bomberos anunciaron a la comuna el fallecimiento de su cura amigo. Su féretro fue trasladado hasta la parroquia Cristo Rey a altas horas de la madrugada, siendo acompañado el cortejo por unas 800 a 1000 personas y una columna de innumerables autos. Las sirenas de los carros de bomberos que acompañaron ululaban pesarosas sus sirenas, marcando esos momentos con una mayor emoción. Una multitud se apostaba a los costados de unas aproximadas doce cuadras. Las lágrimas y sollozos eran patentes en muchos, despidiendo a su párroco con pañuelos blancos y un camino demarcado con velas, como guiando el rumbo hasta la capilla ardiente.

El duelo trascendió al pueblo católico, demostrando la transversalidad de la figura del extinto padre. Los funerales se efectuaron el lunes 22 de diciembre, después de una misa multitudinaria que se ofició en el estadio Facela, calculándose la asistencia de unas 8 mil personas. La ceremonia estuvo presidida por monseñor Felipe Bacarezza, obispo de Los Ángeles, y asistido por numerosos sacerdotes provenientes de diferentes puntos de la diócesis y el país.

El prelado en sus palabras detalló el trabajo realizado por el padre Félix con la comunidad católica lajina, en una fructífera labor de más de cincuenta años, tiempo en que creó y asistió a numerosos movimientos al interior de la iglesia, ejemplo de ello el movimiento juvenil que fundó, Jupach.

Hicieron uso de la palabra varias autoridades y amigos. Entre ellas, Alicia Herrera, enfermera que recibió en su hogar al padre a su regreso a la comuna y que era parte del grupo multidisciplinario que lo cuidó por más de un mes.

Ella relató entre sollozos pasajes de los últimos días de vida, donde estuvo rodeado de amor y cariño. Contó, por ejemplo, que

“un día se acercó a la ventana para ver pasar la procesión del mes de María, les sonrió a los fieles y levantando su mano derecha y con dificultad les bendijo”.

El camino hacia el cementerio, de más de 20 cuadras, fue lento. Esto debido a la cantidad de gente que acompañaba al cortejo y por quienes se agolpaban en las calles para decir adiós, con globos blancos y celestes, además de pañuelos y banderas al viento.

Así fue la partida del que ha de ser el personaje más importante de Laja en los últimos tiempos, un devoto mariano, que impulsó las vocaciones sacerdotales. Hoy muchos de quienes están en el sacerdocio reconocen el apoyo para esto del padre Félix.

Su tumba en el cementerio antiguo lajino, es lugar de visitas y peregrinajes frecuentes. Son muchos los que diariamente llegan a orar, dejar flores, o meditar en silencio algunos instantes. Quién sabe si algún día más de algún milagro pueda realizar y así Laja tenga en su padre Félix un beato a quien venerar.

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