El olvidado mártir de la aviación chilena
Después de ver una foto original del insigne piloto, que adornaba una pared de la escuela básica que lleva su nombre, mi editor en El Cabildo, me insta a investigar sobre este hombre, así comienzo  una búsqueda de su historia, para ello mi principal fuente de información es el archivo del diario El Sur, y los ejemplares del diario de los primeros meses del año 1913. Fueron largas horas de búsqueda y tomar nota, más otras consultas en la biblioteca municipal, conversar con vecinos antiguos de San Pedro, como don Luis Arriagada, quien dé a oídas conocía antecedentes; así reconstruyo en parte la historia de cómo se tejen los acontecimientos en los últimos meses de Acevedo y su estadía en San Pedro.

Luis Acevedo desde joven soñó con volar, así cuando se enteró que en Estados Unidos, los hermanos Wright habían logrado construir y volar un aeroplano, imitar a estos pioneros se convirtió en algo más que un sueño de poder colocar alas a su bicicleta, con la cual era parte de cuanta prueba ciclística había en esa época.

Con el firme deseo de ser piloto, a comienzo de 1911 consigue  la ayuda de destacados hombres de negocios capitalinos que compartían su pasión por el ciclismo;  Clodomiro Figueroa, Manuel Fernández y otros que conforman la sociedad Chilena de Aviación, estos deciden entregarle  ayuda económica para que pueda viajar a Francia y allí realizar en París, un curso de piloto en la Academia del pionero francés Louis Bleriot, piloto y constructor de aeroplanos, quien ya en 1909 había logrado el primer cruce del Canal de la Mancha, a bordo de una débil aeronave.

En la capital gala el chileno estudia un año, regresando a Valparaíso el 7 de marzo, trayendo con él en el  vapor, un avión monoplaza marca Blériot. De esta forma el 17 de abril de 1912 en el parque Cousiño y ante la incrédula prensa capitalina, hace su primer vuelo en Chile, el que no finaliza de buena manera,  Acevedo al aterrizar capotó la frágil aeronave, posponiéndose así el vuelo ante todo público, el cual se realiza finalmente el 11 de mayo en el Club Hípico, sin embargo el vuelo falla nuevamente, estrellándose  sin consecuencias para él. Posteriormente realizó intentos fallidos en Antofagasta y un segundo intento en el mismo recinto hípico de Santiago, donde finalmente el avión se destruye irremediablemente.

Tras estos intentos sin éxito sus mecenas capitalinos le regalan un segundo Bleriot , esto con la ayuda de una suscripción popular, la cual fue auspiciada por los diarios El Mercurio y la Unión, ambos de Valparaíso.

En diciembre de 1912 llega a Concepción decidido a lograr un récord, volar desde Concepción a Santiago y de ahí a Valparaíso. En preparación para esto algunos meses después, el 22 de marzo de 1913 vuela hasta Talca, batiendo así un récord para América,  de velocidad y altura. Vuela a 3.180 metros  de altitud, y a una velocidad de 170 kilómetros por hora. Al llegar a Talca se estrella destruyendo el fuselaje de su avión.

Regresa a Concepción, lo repara, le agrega dos estanques para combustible y se dispone a emprender la aventura de volar a Santiago y Valparaíso. Su plan, volar el primer día hasta Talca siguiendo la línea férrea, pasar allí la noche y seguir vuelo a la mañana siguiente a la capital y continuar al puerto.

En Concepción estas verdaderas aventuras de volar, causaban conmoción entre la ciudadanía, por tanto diario El Sur decide informar permanentemente todo lo que Luis Alberto Acevedo realizará, para esto destinan al conocido reportero Arnoldo Torres, quien no le perdía pisada desde la llegada del piloto a la ciudad. De esta forma había ya reporteado los vuelos de prueba y el viaje accidentado a Talca, así llega el día del gran vuelo, el 13 de abril. Esa mañana Luis Acevedo, junto a su mecánico  Pierre Coemme y un grupo de amigos aborda un tren en la estación cerro Chepe, para cruzar el Biobío rumbo a San Pedro. El vuelo estaba previsto se iniciara a las 8:00 am, desde un improvisado aeródromo en una chacra a un costado de la laguna chica, lo que hoy se conoce como los Campos Deportivos Llacolén; Luis Acevedo estaba convencido del éxito del temerario viaje, contaría después en sus notas de El Sur, el periodista  Torres, dando cuenta también de la presencia en el lugar de la esposa y la madre del intrépido piloto, lo cual este ignoraba. Las mujeres esperaron el despegue, ubicándose en un cerro cercano a la pista.

Acevedo y su mecánico, revisan minuciosamente el avión, sin dejar nada al azar; es ahí donde descubren una perforación en uno de los estanques auxiliares de combustible. El vuelo no se puede postergar más, el aviador está decidido a volar ese mismo día a como dé lugar, ordena a Coemme reparar el estanque, las horas pasan y los nervios cunden entre los asistentes, menos en Acevedo, quien como si aguardara una carrera ciclística más,  impertérrito solo espera, revisando en su mente lo que debía ser el vuelo.

Arnoldo Torres posteriormente escribiría “Acevedo lo único que refleja en su rostro es el total convencimiento de que ha de volar de cualquier forma, más después de decir que o logra el vuelo o muere en el intento”. Torres agrega “tengo la impresión que él quería demostrar con este vuelo que debió también haber sido considerado junto al piloto Manuel Avalos para formar parte de los primeros integrantes de la Escuela de Aviación , que en esa fecha nacía en Santiago”.

La hora avanzó, el reportero observa  su reloj de bolsillo, este marcaba las 12:05 pm, ve que  Acevedo está ya sentado en la frágil cabina del Bleriot, el piloto se acomoda las antiparras, y el casco de cuero,  el motor humea y la hélice gira ruidosamente. El avión despeja pesadamente y hace un semicírculo sobre el río Biobío, logrando una altura no superior a los 70 metros, toma dirección a San Rosendo por el medio del río, siempre teniendo a la vista la línea del ferrocarril, la cual sería indicadora de la correcta ruta.

El mecánico Pierre Coemme, comenta a los asistentes, lo bajo y lento que vuela el aeroplano, manifestando preocupación por esto. Arnoldo Torres, tomaba nota de todo, incluso logra preparar la pesada cámara y tomar una foto del avión al emprender vuelo, pasan algunos minutos, el ruido del motor ya no se siente, perdiéndose de vista el aeroplano  para los observadores en el lugar.

Los minutos transcurren, llega un tren proveniente de Concepción  hasta la estación San Pedro, la cual estaba ubicada frente a lo que fue el lugar de despegue del avión, los pasajeros bajan alarmados, cuentan que al cruzar el río han visto al avión volar y estrellarse en el agua cerca de la ribera norte, a la altura de donde se ubicaba la antigua cervecería de calle Pedro de Valdivia.

Los amigos de Acevedo, junto a su esposa y el mecánico, toman un carruaje y se desplazan por un sendero río arriba un par de kilómetros, para abordar una barcaza, de las que en esa época navegaban por el Biobío, la cual los conduce al lugar del accidente, Torres por cierto se había unido al grupo y es testigo privilegiado de los penosos sucesos.

Lamentablemente, encuentran  al avión en posición invertida, y semi enterrado, Torres escribe sobre esto “el cuerpo de Luis Acevedo yacía aún en la silla del avión, donde su energía y bellas ambiciones lo habían colocado”.

El río en ese punto no era profundo, no más de 70 cm de agua, no presentando grandes daños el aeroplano, la hélice de madera rota, una rueda destruida y rasgaduras en la tela del fuselaje; mientras que el altímetro ubicado en la cabina indicaba 67 metros.

El cuerpo del intrépido aviador fue rescatado y conducido por tren hasta Concepción, el salón de honor de la Primera Compañía de Bomberos, fue el lugar para el velatorio y honores de la comunidad penquista, posteriormente el féretro con el cuerpo del aviador es llevado en tren hasta Santiago, lugar donde es sepultado con honores militares. Al momento de la salida de Concepción la comunidad lo despidió con pañuelos blancos al viento y muchas flores, es que el joven piloto en los pocos meses de estadía en esta ciudad se había hecho querer por su sencillez, valentía y su amor por lograr lo que fue su mayor pasión, volar. Con su inmolación  se convertía en el primer mártir de la aviación civil chilena, y un ejemplo para muchos jóvenes que se sintieron inspirados por Acevedo, para hacer surgir en Chile una actividad tan importante y hermosa como la aviación.

El nombre de Luis Alberto Acevedo, se ha ido olvidando, el monolito que lo recordaba en San Pedro de la Paz hasta fines de los años ‘90 estaba instalado en lo que es hoy el acceso al puente Llacolén, en su momento se sacó para construir el viaducto, nunca se reubicó, sector desde donde emprendió su vuelo final. Ya no hay coronas de flores, ni discursos, ni presencia de escolares, vecinos y autoridades, menos vuelo de aeronaves civiles sobre el lugar.

No hay nada peor que una sociedad sin memoria, sin historia, es un nombre y una fecha que debieran estar incorporadas en el calendario de efemérides a recordar en el gran Concepción de hoy.

Documentación: Archivos de la época de diario El Sur, Historia de la aeronáutica chilena, y relatos de antiguos vecinos de San Pedro de la Paz.